Escritos Colaterales

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Location: Haedo, Buenos Aires, Argentina

Friday, May 28, 2010

Los ciclos de las xenofobias

La crisis financiera global de 1929 generó, en los años subsiguientes, varias consecuencias, todas ellas negativas, claro está. La caída de los mercados y del dinero en los principales mercados trajo aparejadas calamidades que ya todos conocemos de memoria: caída estrepitosa del desempleo, consecuente derrumbe del consumo, temor, inflación, hambre, agitación pública, corrupción, violencia, las xenofobias (en plural, porque en cada nación se manifestó de manera diferente), con los movimientos nazis a la cabeza, y, finalmente, la Segunda Guerra Mundial, con Hiroshima y todo.
Son numerosos los intelectuales que desarrollaron este tema y llegaron a conclusiones bien diversas. Pero la mayoría de los enfoques progresistas coinciden en que la xenofobia tiene dos raíces profundas: la educación y los factores económicos, es decir, la manera en que los sujetos se forman dentro de una sociedad y el bolsillo, que puede afectar la psique de maneras insospechadas.
Para el filósofo francés Michael Foucault, la posesión de dinero está íntimamente ligada a la obtención de poder. “Poder es poder hacer”, aseguraba y señalaba que este proceso de búsqueda desesperada (consciente o inconsciente) de poder del Hombre en general estaba relacionada con la supervivencia en términos darwinianos. El hecho es que las necesidades básicas, sumadas a la presión social por “pertenecer”, pueden (y lo han hecho) llevar al Hombre a odiar irracionalmente a otro sujeto, que sirve como chivo expiatorio para canalizar su frustración. Desde luego, el tema es más complejo y amplio. Estos es solo un esbozo.
Así, durante los duros ajustes realizados en la Europa y Estados Unidos de la post-crisis de 1929, ese odio irracional (como en otros momentos de la historia) se simbolizó en los extranjeros, los migrantes, los negros y, desde luego, en el pueblo judío. Algo cultural, que ya estaba en los corazones y en las mentes, explotó cuando el bolsillo comenzó a hacer ruido.
¿No le suena acaso demasiado familiar este tema? ¿Qué pasaría si en lugar de fechar esta historia en 1929 la fecháramos en 2009? ¿Parece muy lejana la posibilidad de que millones de jóvenes y no tan jóvenes en toda Europa se sumen en breve a grupos neonazis para expulsar a los millones de inmigrantes latinoamericanos, africanos o asiáticos que “les quitan sus posibilidades de trabajo”, “seducen a sus mujeres” y “meten los goles y ganan campeonatos en sus equipos de fútbol”? ¿Las redes sociales no podrían ser un rápido multiplicador de esos grupos? ¿Los propios gobiernos (como el del estado de Arizona, en Estados Unidos, o el de Francia) no están también sentando las bases para que eso suceda, aplicando duras políticas anti-inmigratorias?
¿Y en la Argentina? Este Bicentenario de fuerte carácter latinoamericanista nos ha dejado un dato para pensar: 2 millones de bolivianos viven en este país de casi 50 millones de habitantes, que si se suman a los paraguayos, uruguayos, peruanos, dominicanos y cubanos, entre otros, se puede afirmar con certeza que el número de inmigrantes latinos supera ampliamente al de inmigrantes europeos en estos 200 años de autodeterminación política... ¿Cuán lejos estamos de ese universo xenofóbico? Tal vez lo sepamos en nuestra próxima crisis.

Wednesday, May 26, 2010

La hipocresía de la hipocresía

Hay que admitirlo: hace apenas 100 años, dos bandos opositores en términos políticos, tomaban la ciudad como trinchera y dirimían la disputa fusil en mano. El primer Centenario de la Patria, en 1910, encontró a la Argentina en pleno proceso de reorganización política, social y económica; de apertura inmigratoria (pero limitada movilidad social); de fijación del concepto de Nación; y de modernización de la industria, el comercio, el transporte, los caminos, el ordenamiento territorial, las estructuras gubernamentales y hasta de la vida cotidiana.
En esos tiempos de protestas sociales (con bombas y tomas de edificios) y estado de sitio (con policías casi militarizados en las calles), los desfiles urbanos eran tan pomposos como los de hoy en día. Sin embargo, si a cualquiera que pasara por la calle se le preguntara si era posible encontrar a Leandro N. Alem y a Julio A. Roca dándose un abrazo durante el festejo, sospecharía que nos volvimos absolutamente locos. “Pero somos todos argentinos y esta es una fecha trascendental para el país”, le explicaríamos, en vano, ya que confirmaría nuestra demencia. Roca había sofocado tres insurrecciones radicales (cuando los radicales eran radicales y se radicalizaban), lideradas por Alem.
La relación entre un presidente y un gobernador o un jefe de gobierno o un líder opositor, no puede jamás ser siquiera similar a la que uno tiene con un cuñado o un ex amigo. Las diferencias que puedan existir entre ellos no son cosas que se puedan arreglar entre mate y mate y, muchas veces, los niveles de agresión que existen entre ambos oponentes hacen imposible compartir determinados ámbitos oficiales y no oficiales, especialmente cuando los modelos expuestos son diametralmente opuestos.
El segundo Centenario, llamado Bicentenario (por razones obvias), nos encuentra en tiempos bien diferentes, pero con una misma dicotomía: federalismo versus centralismo; industrialización y sindicalización frente a la patria financiera y la especulación del dinero; fuerte presencia estatal contra liberalismo acérrimo; mundo urbano versus mundo rural; y la siempre omnipresente lucha de clases.
Hay que admitirlo, hoy casi nadie se tirotea, ni se toma la ciudad como campo de batalla para una guerra civil, como en 1880, 1889, 1892, 1893, 1919 (la famosa Semana Trágica) o 1955, entre otras. Y sin embargo, esta sociedad ya posmoderna juzga como muy negativa la ausencia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a la dificultosa reinauguración del Teatro Colón, encabezada por su actual principal opositor político, Mauricio Macri, quien se hartó de proferir insultos personales contra la mandataria durante las semanas y días previos a la invitación.
Lejos de la hipocresía reinante, la presidenta rechazó la invitación explicando que se ha sentido insultada y que no busca empañar la importancia de dicha fiesta. Inmediatamente, llegó la catarata de críticas e improperios en defensa de la hipocresía. “Aunque no se lo banque, tiene que estar, porque es la presidenta” o “es la fiesta de todos, no importa el color político que tengan” o “hay que dejar de lado las diferencias en momentos como este”, son las expresiones que hoy se pueden escuchar en cualquier taxi o cualquier canal de televisión, ya da lo mismo.
¡Felicidades! Ha llegado el punto en el que esta sociedad bicentenaria, de carácter claramente porteño y monopólico, pide a gritos más hipocresía.

Saturday, May 15, 2010

La agorafobia nacional

Aunque el uso coloquial y cotidiano de la agorafobia es el de “miedo a los espacios abiertos o a las aglomeraciones de personas”, lo cierto es que el término agorafobia significa “miedo al miedo”. El sujeto agorafóbico no tiene terror a ir a un supermercado, un recital o al campo porque esos espacios o situaciones en sí lo atormenten. Lo que en verdad teme es su propia ansiedad, sus reacciones ante el mundo y cómo ese universo lo juzgará por sus reacciones. Ya han pasado varios años de la primera gran oleada de ataques de pánico. ¿Se acuerda? Después de 2001, personalidades respetables como Julieta Prandi o Silvia Süller confesaban en los medios estar sufriendo repentinos ataques de pánico o miedo a la muerte. Claro, eran tiempos difíciles.Hoy la palabra “miedo” se ha vuelto a poner de moda y, desde luego, nos aterroriza. Basta prender la tele y ver a los intelectuales más destacados de la derecha argentina, como Marcelo Bonelli, Mirtha Legrand, Susana, Nico Repetto, Amalia Granata, Madgalena Ruiz Guiñazú, el Grupo Clarín en pleno y Eduardo Feinmann, entre otros formadores de opinión. Desde las izquierdas y el progresismo, siempre tan entusiastas a la hora de hablar, se contesta: “Miedos eran los de antes” o “antes venían los militares y te torturaban y te mataban y eso sí daba miedo”. Argumentos más que válidos, claro está. Pero lo que es preciso destacar, sin embargo, es que en ambos discursos se puede observar un claro rechazo al miedo en casi todas sus formas. Por supuesto, ninguno de estos rivales ideológicos menciona el miedo de los pobres, el miedo al hambre de los excluidos, el terror a no tener qué darle de comer a un hijo.Por mucho que nos pese, el miedo forma parte de nuestro instinto y, tanto a nosotros como a los otros animales, nos permite sobrevivir. Es un reflejo que nos mantiene alertas, despierta todos nuestros sentidos y nos genera químicamente una energía extra para afrontar la adversidad. Parte de nuestra evolución como sociedades se debe a la racionalización del miedo y a su uso en favor de la supervivencia.¿Qué es acaso el uso racional de los recursos energéticos sino una reacción ante el miedo a destruir lo que nos queda de medioambiente? ¿Las leyes no son también un producto del miedo al caos que reinaba en las sociedades primitivas? ¿No es el arte una forma de paliar nuestro miedo a la nada o a la propia muerte?Contrariamente a lo que se pueda sospechar, no es nuestra intención denunciar una cruzada en contra del miedo, sino la de advertir (porque nos fascinan las teorías conspitarivas) sobre una sustitución intencional de los miedos con el fin de generar reacciones afines a determinados intereses que, obviamente, no son los más justos, ni los más benignos. Esto, que puede denominarse “Operativo agorafobia”, está en marcha desde hace ya algún tiempo.Mientras tengamos miedo al miedo, dejaremos de pensar, de opinar, de organizarnos, de defendernos y de progresar como sociedad.
(Publicado en Rèport del 17 de mayo de 2010)