Los ciclos de las xenofobias
La crisis financiera global de 1929 generó, en los años subsiguientes, varias consecuencias, todas ellas negativas, claro está. La caída de los mercados y del dinero en los principales mercados trajo aparejadas calamidades que ya todos conocemos de memoria: caída estrepitosa del desempleo, consecuente derrumbe del consumo, temor, inflación, hambre, agitación pública, corrupción, violencia, las xenofobias (en plural, porque en cada nación se manifestó de manera diferente), con los movimientos nazis a la cabeza, y, finalmente, la Segunda Guerra Mundial, con Hiroshima y todo.
Son numerosos los intelectuales que desarrollaron este tema y llegaron a conclusiones bien diversas. Pero la mayoría de los enfoques progresistas coinciden en que la xenofobia tiene dos raíces profundas: la educación y los factores económicos, es decir, la manera en que los sujetos se forman dentro de una sociedad y el bolsillo, que puede afectar la psique de maneras insospechadas.
Para el filósofo francés Michael Foucault, la posesión de dinero está íntimamente ligada a la obtención de poder. “Poder es poder hacer”, aseguraba y señalaba que este proceso de búsqueda desesperada (consciente o inconsciente) de poder del Hombre en general estaba relacionada con la supervivencia en términos darwinianos. El hecho es que las necesidades básicas, sumadas a la presión social por “pertenecer”, pueden (y lo han hecho) llevar al Hombre a odiar irracionalmente a otro sujeto, que sirve como chivo expiatorio para canalizar su frustración. Desde luego, el tema es más complejo y amplio. Estos es solo un esbozo.
Así, durante los duros ajustes realizados en la Europa y Estados Unidos de la post-crisis de 1929, ese odio irracional (como en otros momentos de la historia) se simbolizó en los extranjeros, los migrantes, los negros y, desde luego, en el pueblo judío. Algo cultural, que ya estaba en los corazones y en las mentes, explotó cuando el bolsillo comenzó a hacer ruido.
¿No le suena acaso demasiado familiar este tema? ¿Qué pasaría si en lugar de fechar esta historia en 1929 la fecháramos en 2009? ¿Parece muy lejana la posibilidad de que millones de jóvenes y no tan jóvenes en toda Europa se sumen en breve a grupos neonazis para expulsar a los millones de inmigrantes latinoamericanos, africanos o asiáticos que “les quitan sus posibilidades de trabajo”, “seducen a sus mujeres” y “meten los goles y ganan campeonatos en sus equipos de fútbol”? ¿Las redes sociales no podrían ser un rápido multiplicador de esos grupos? ¿Los propios gobiernos (como el del estado de Arizona, en Estados Unidos, o el de Francia) no están también sentando las bases para que eso suceda, aplicando duras políticas anti-inmigratorias?
¿Y en la Argentina? Este Bicentenario de fuerte carácter latinoamericanista nos ha dejado un dato para pensar: 2 millones de bolivianos viven en este país de casi 50 millones de habitantes, que si se suman a los paraguayos, uruguayos, peruanos, dominicanos y cubanos, entre otros, se puede afirmar con certeza que el número de inmigrantes latinos supera ampliamente al de inmigrantes europeos en estos 200 años de autodeterminación política... ¿Cuán lejos estamos de ese universo xenofóbico? Tal vez lo sepamos en nuestra próxima crisis.
Son numerosos los intelectuales que desarrollaron este tema y llegaron a conclusiones bien diversas. Pero la mayoría de los enfoques progresistas coinciden en que la xenofobia tiene dos raíces profundas: la educación y los factores económicos, es decir, la manera en que los sujetos se forman dentro de una sociedad y el bolsillo, que puede afectar la psique de maneras insospechadas.
Para el filósofo francés Michael Foucault, la posesión de dinero está íntimamente ligada a la obtención de poder. “Poder es poder hacer”, aseguraba y señalaba que este proceso de búsqueda desesperada (consciente o inconsciente) de poder del Hombre en general estaba relacionada con la supervivencia en términos darwinianos. El hecho es que las necesidades básicas, sumadas a la presión social por “pertenecer”, pueden (y lo han hecho) llevar al Hombre a odiar irracionalmente a otro sujeto, que sirve como chivo expiatorio para canalizar su frustración. Desde luego, el tema es más complejo y amplio. Estos es solo un esbozo.
Así, durante los duros ajustes realizados en la Europa y Estados Unidos de la post-crisis de 1929, ese odio irracional (como en otros momentos de la historia) se simbolizó en los extranjeros, los migrantes, los negros y, desde luego, en el pueblo judío. Algo cultural, que ya estaba en los corazones y en las mentes, explotó cuando el bolsillo comenzó a hacer ruido.
¿No le suena acaso demasiado familiar este tema? ¿Qué pasaría si en lugar de fechar esta historia en 1929 la fecháramos en 2009? ¿Parece muy lejana la posibilidad de que millones de jóvenes y no tan jóvenes en toda Europa se sumen en breve a grupos neonazis para expulsar a los millones de inmigrantes latinoamericanos, africanos o asiáticos que “les quitan sus posibilidades de trabajo”, “seducen a sus mujeres” y “meten los goles y ganan campeonatos en sus equipos de fútbol”? ¿Las redes sociales no podrían ser un rápido multiplicador de esos grupos? ¿Los propios gobiernos (como el del estado de Arizona, en Estados Unidos, o el de Francia) no están también sentando las bases para que eso suceda, aplicando duras políticas anti-inmigratorias?
¿Y en la Argentina? Este Bicentenario de fuerte carácter latinoamericanista nos ha dejado un dato para pensar: 2 millones de bolivianos viven en este país de casi 50 millones de habitantes, que si se suman a los paraguayos, uruguayos, peruanos, dominicanos y cubanos, entre otros, se puede afirmar con certeza que el número de inmigrantes latinos supera ampliamente al de inmigrantes europeos en estos 200 años de autodeterminación política... ¿Cuán lejos estamos de ese universo xenofóbico? Tal vez lo sepamos en nuestra próxima crisis.
