La era nuclear
La semana pasada se cumplió un nuevo aniversario del Holocausto en Hiroshima, que puso fin a la Segunda Guerra Mundial, hace ya 65 años. En Cuba, Fidel Castro reaparece en el ámbito público tras su larga y complicada enfermedad para advertir al Parlamento de su país que el mundo se acerca casi inevitablemente a una guerra nuclear, al punto de dirigirse por primera vez al presidente estadounidense Barak Obama. Los gobiernos de Iran y Corea del Norte endurecen su posición y rechazan los condicionamientos de Naciones Unidas para la producción de energía atómica. Obama, último premio Nobel de la Paz, los amenaza con una intervención militar (y civil, como siempre ocurre), retira sus tropas de Irak, refuerza su ejército de ocupación en Afganistán y se queda con decenas de miles de soldados disponibles para utilizar donde desee. Después de casi cuatro meses, la empresa British Petroleum (BP) logró sellar la pérdida en su pozo marino del Golfo de México, tras derramar unos cinco millones de barriles de petróleo crudo, en la mayor catástrofe ambiental que se recuerde. Estados Unidos está a punto de firmar un acuerdo para comenzar a producir energía nuclear, nada menos que en Vietnam.
Es hora de hablar de energía nuclear, pero en serio, sin entrar en ecologismos torpes.
Como es de conocimiento público, la energía producida por combustibles fósiles no es renovable y tiene los días contados. Es probable que el barril de combustible crudo jamás vuelva a costar 60 dólares, tal como puede comprobar cualquier conductor que pase por la estación de servicio a cargar un tanque de nafta.
En todo el mundo se siguen haciendo intentos para generar energías alternativas. En la última semana se conocieron algunos intentos por desarrollar aviones eléctricos y la idea de instalar molinos de energía eólica en medio del mar, para aprovechar al máximo el poder del viento. Inclusive varios países como Brasil han avanzado hacia energías provenientes de combustibles biológicos, como el etanol, que compite en precio con el gasoil, pero abrió una polémica respecto a qué pasaría si las superficies sembradas para alimentos se suplantaran con cultivos para biocombustibles. Y ni que hablar del éxito parcial de la energía solar, que resulta sumamente útil para paliar la falta de tendidos eléctricos en zonas alejadas (como ocurre en algunas zonas del Norte argentino), pero que no dan indicios de que puedan abastecer a una sociedad, con sus transportes, sus fábricas y su vida diaria completamente digitalizada.
Por eso, es hora de que la energía nuclear deje de ser un tema solamente ligado a los conflictos bélicos y pase a formar parte de la agenda cotidiana. Al finalizar la última Cumbre del Mercosur, en San Juan, Argentina y Brasil firmaron un acuerdo de cooperación en esta materia, que no tuvo repercusión, pero que abre la puerta a la producción de esta energía en conjunto. Argentina, no solo ha sido pionera en esta materia, sino que hoy es una de las principales proveedoras de tecnología para el enriquecimiento de uranio, lo cual genera trabajo calificado y posicionamiento industrial en el mundo.
La población debería ser informada de que se trata de una industria segura; que la catástrofe de Chernobil (también una catástrofe ambiental) dejó 80 muertos, pero que las condiciones de la industria automotriz le quitaron la vida a 2 millones de trabajadores en 2007 (para no hablar de su impacto en el ambiente); y que, tal vez, ligar su desarrollo a cuestiones bélicas les convenga a quienes buscan tener el control de esa energía en el futuro.
Es hora de hablar de energía nuclear, pero en serio, sin entrar en ecologismos torpes.
Como es de conocimiento público, la energía producida por combustibles fósiles no es renovable y tiene los días contados. Es probable que el barril de combustible crudo jamás vuelva a costar 60 dólares, tal como puede comprobar cualquier conductor que pase por la estación de servicio a cargar un tanque de nafta.
En todo el mundo se siguen haciendo intentos para generar energías alternativas. En la última semana se conocieron algunos intentos por desarrollar aviones eléctricos y la idea de instalar molinos de energía eólica en medio del mar, para aprovechar al máximo el poder del viento. Inclusive varios países como Brasil han avanzado hacia energías provenientes de combustibles biológicos, como el etanol, que compite en precio con el gasoil, pero abrió una polémica respecto a qué pasaría si las superficies sembradas para alimentos se suplantaran con cultivos para biocombustibles. Y ni que hablar del éxito parcial de la energía solar, que resulta sumamente útil para paliar la falta de tendidos eléctricos en zonas alejadas (como ocurre en algunas zonas del Norte argentino), pero que no dan indicios de que puedan abastecer a una sociedad, con sus transportes, sus fábricas y su vida diaria completamente digitalizada.
Por eso, es hora de que la energía nuclear deje de ser un tema solamente ligado a los conflictos bélicos y pase a formar parte de la agenda cotidiana. Al finalizar la última Cumbre del Mercosur, en San Juan, Argentina y Brasil firmaron un acuerdo de cooperación en esta materia, que no tuvo repercusión, pero que abre la puerta a la producción de esta energía en conjunto. Argentina, no solo ha sido pionera en esta materia, sino que hoy es una de las principales proveedoras de tecnología para el enriquecimiento de uranio, lo cual genera trabajo calificado y posicionamiento industrial en el mundo.
La población debería ser informada de que se trata de una industria segura; que la catástrofe de Chernobil (también una catástrofe ambiental) dejó 80 muertos, pero que las condiciones de la industria automotriz le quitaron la vida a 2 millones de trabajadores en 2007 (para no hablar de su impacto en el ambiente); y que, tal vez, ligar su desarrollo a cuestiones bélicas les convenga a quienes buscan tener el control de esa energía en el futuro.

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