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Wednesday, May 26, 2010

La hipocresía de la hipocresía

Hay que admitirlo: hace apenas 100 años, dos bandos opositores en términos políticos, tomaban la ciudad como trinchera y dirimían la disputa fusil en mano. El primer Centenario de la Patria, en 1910, encontró a la Argentina en pleno proceso de reorganización política, social y económica; de apertura inmigratoria (pero limitada movilidad social); de fijación del concepto de Nación; y de modernización de la industria, el comercio, el transporte, los caminos, el ordenamiento territorial, las estructuras gubernamentales y hasta de la vida cotidiana.
En esos tiempos de protestas sociales (con bombas y tomas de edificios) y estado de sitio (con policías casi militarizados en las calles), los desfiles urbanos eran tan pomposos como los de hoy en día. Sin embargo, si a cualquiera que pasara por la calle se le preguntara si era posible encontrar a Leandro N. Alem y a Julio A. Roca dándose un abrazo durante el festejo, sospecharía que nos volvimos absolutamente locos. “Pero somos todos argentinos y esta es una fecha trascendental para el país”, le explicaríamos, en vano, ya que confirmaría nuestra demencia. Roca había sofocado tres insurrecciones radicales (cuando los radicales eran radicales y se radicalizaban), lideradas por Alem.
La relación entre un presidente y un gobernador o un jefe de gobierno o un líder opositor, no puede jamás ser siquiera similar a la que uno tiene con un cuñado o un ex amigo. Las diferencias que puedan existir entre ellos no son cosas que se puedan arreglar entre mate y mate y, muchas veces, los niveles de agresión que existen entre ambos oponentes hacen imposible compartir determinados ámbitos oficiales y no oficiales, especialmente cuando los modelos expuestos son diametralmente opuestos.
El segundo Centenario, llamado Bicentenario (por razones obvias), nos encuentra en tiempos bien diferentes, pero con una misma dicotomía: federalismo versus centralismo; industrialización y sindicalización frente a la patria financiera y la especulación del dinero; fuerte presencia estatal contra liberalismo acérrimo; mundo urbano versus mundo rural; y la siempre omnipresente lucha de clases.
Hay que admitirlo, hoy casi nadie se tirotea, ni se toma la ciudad como campo de batalla para una guerra civil, como en 1880, 1889, 1892, 1893, 1919 (la famosa Semana Trágica) o 1955, entre otras. Y sin embargo, esta sociedad ya posmoderna juzga como muy negativa la ausencia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a la dificultosa reinauguración del Teatro Colón, encabezada por su actual principal opositor político, Mauricio Macri, quien se hartó de proferir insultos personales contra la mandataria durante las semanas y días previos a la invitación.
Lejos de la hipocresía reinante, la presidenta rechazó la invitación explicando que se ha sentido insultada y que no busca empañar la importancia de dicha fiesta. Inmediatamente, llegó la catarata de críticas e improperios en defensa de la hipocresía. “Aunque no se lo banque, tiene que estar, porque es la presidenta” o “es la fiesta de todos, no importa el color político que tengan” o “hay que dejar de lado las diferencias en momentos como este”, son las expresiones que hoy se pueden escuchar en cualquier taxi o cualquier canal de televisión, ya da lo mismo.
¡Felicidades! Ha llegado el punto en el que esta sociedad bicentenaria, de carácter claramente porteño y monopólico, pide a gritos más hipocresía.

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