La agorafobia nacional
Aunque el uso coloquial y cotidiano de la agorafobia es el de “miedo a los espacios abiertos o a las aglomeraciones de personas”, lo cierto es que el término agorafobia significa “miedo al miedo”. El sujeto agorafóbico no tiene terror a ir a un supermercado, un recital o al campo porque esos espacios o situaciones en sí lo atormenten. Lo que en verdad teme es su propia ansiedad, sus reacciones ante el mundo y cómo ese universo lo juzgará por sus reacciones. Ya han pasado varios años de la primera gran oleada de ataques de pánico. ¿Se acuerda? Después de 2001, personalidades respetables como Julieta Prandi o Silvia Süller confesaban en los medios estar sufriendo repentinos ataques de pánico o miedo a la muerte. Claro, eran tiempos difíciles.Hoy la palabra “miedo” se ha vuelto a poner de moda y, desde luego, nos aterroriza. Basta prender la tele y ver a los intelectuales más destacados de la derecha argentina, como Marcelo Bonelli, Mirtha Legrand, Susana, Nico Repetto, Amalia Granata, Madgalena Ruiz Guiñazú, el Grupo Clarín en pleno y Eduardo Feinmann, entre otros formadores de opinión. Desde las izquierdas y el progresismo, siempre tan entusiastas a la hora de hablar, se contesta: “Miedos eran los de antes” o “antes venían los militares y te torturaban y te mataban y eso sí daba miedo”. Argumentos más que válidos, claro está. Pero lo que es preciso destacar, sin embargo, es que en ambos discursos se puede observar un claro rechazo al miedo en casi todas sus formas. Por supuesto, ninguno de estos rivales ideológicos menciona el miedo de los pobres, el miedo al hambre de los excluidos, el terror a no tener qué darle de comer a un hijo.Por mucho que nos pese, el miedo forma parte de nuestro instinto y, tanto a nosotros como a los otros animales, nos permite sobrevivir. Es un reflejo que nos mantiene alertas, despierta todos nuestros sentidos y nos genera químicamente una energía extra para afrontar la adversidad. Parte de nuestra evolución como sociedades se debe a la racionalización del miedo y a su uso en favor de la supervivencia.¿Qué es acaso el uso racional de los recursos energéticos sino una reacción ante el miedo a destruir lo que nos queda de medioambiente? ¿Las leyes no son también un producto del miedo al caos que reinaba en las sociedades primitivas? ¿No es el arte una forma de paliar nuestro miedo a la nada o a la propia muerte?Contrariamente a lo que se pueda sospechar, no es nuestra intención denunciar una cruzada en contra del miedo, sino la de advertir (porque nos fascinan las teorías conspitarivas) sobre una sustitución intencional de los miedos con el fin de generar reacciones afines a determinados intereses que, obviamente, no son los más justos, ni los más benignos. Esto, que puede denominarse “Operativo agorafobia”, está en marcha desde hace ya algún tiempo.Mientras tengamos miedo al miedo, dejaremos de pensar, de opinar, de organizarnos, de defendernos y de progresar como sociedad.
(Publicado en Rèport del 17 de mayo de 2010)
(Publicado en Rèport del 17 de mayo de 2010)

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