La deuda interna
Hasta el más optimista, hasta el más kirchnerista de los kirchneristas, hasta los de “6, 7, 8”, incluso hasta Diego Torres, que se fue transformando en el cantor de la esperanza y los pedos de colores, sabe con certeza que las deudas internas en este país son exorbitantes y que no hay canje que valga. Aquí no hay quitas, ni intercambio de bonos, ni negociación válida.
Lo interesante es que la sociedad argentina pueda hablar de esto justamente hoy que se han conseguido saldar algunas de esas inmensas deudas: el matrimonio entre personas del mismo sexo; la asignación universal por hijo exenta de intermediarios políticos; la estatización de los haberes jubilatorios y el ingreso al sistema previsional de personas que no han podido hacer aportes porque estuvieron fuera del sistema laboral; y la ley de medios audiovisuales, entre algunas otras.
Todos estos logros de la sociedad civil organizada todavía son nada en comparación con lo que aún resta. ¿Son reclamos saldados? En gran parte sí. ¿Son motivo de festejo? Sin duda. Pero todos ellos son apenas los primeros escalones sólidos para alcanzar objetivos aún más complejos.
El principal de ellos, que nunca debe ser olvidado, es la eliminación de la pobreza. Que mes a mes se vean reducidos los índices de desocupación y subocupación, la disminución de la mortalidad infantil (excepto en la ciudad de Buenos Aires), y la baja en los niveles de pobreza e indigencia, aún deben ser festejados con cierta vergüenza, porque los pibes se siguen muriendo, siguen siendo víctimas del delito, del abuso, de las drogas y de un mundo que les niega oportunidades. Y los recursos para evitarlo existen.
Tampoco se puede siquiera esbozar una sonrisa mientras no haya justicia. Es cierto que quienes cometieron crímenes de lesa humanidad y sus ideólogos están siendo juzgados, pero la sociedad no puede descansar tranquila por las noches mientras no se encuentren los culpables de los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel; ni a los responsables de la explosión a la fábrica militar de Río Tercero; ni a los asesinos intelectuales de Kosteki y Santillán, de las víctimas de 2001, del maestro Fuentealba, de los chicos de Bariloche o de tantas víctimas de los movimientos sociales; ni a quienes mataron aún más personas con sus negociados ilícitos con fondos públicos.
¿Y Malvinas? ¿Y los que murieron en Malvinas? ¿Y los que no se murieron allí, pero a veces hubieran deseado haberlo hecho ante tanta indiferencia? ¿Y los salarios de los trabajadores? ¿Y la redistribución más justa de la riqueza? ¿Y ese IVA ya casi aberrante que pagan pobres y ricos por igual? ¿Y la corrupción a nivel político, sindical, asociativo y empresarial? ¿Y las desigualdades en materia de salud, educación, acceso a la vivienda, acceso a los bienes culturales y a la tecnología?
Bienvenidos sean todos los logros en este largo camino de la deuda interna, pero es importante saber dónde está parada esta sociedad, para poder saber también hacia dónde ir.
Lo interesante es que la sociedad argentina pueda hablar de esto justamente hoy que se han conseguido saldar algunas de esas inmensas deudas: el matrimonio entre personas del mismo sexo; la asignación universal por hijo exenta de intermediarios políticos; la estatización de los haberes jubilatorios y el ingreso al sistema previsional de personas que no han podido hacer aportes porque estuvieron fuera del sistema laboral; y la ley de medios audiovisuales, entre algunas otras.
Todos estos logros de la sociedad civil organizada todavía son nada en comparación con lo que aún resta. ¿Son reclamos saldados? En gran parte sí. ¿Son motivo de festejo? Sin duda. Pero todos ellos son apenas los primeros escalones sólidos para alcanzar objetivos aún más complejos.
El principal de ellos, que nunca debe ser olvidado, es la eliminación de la pobreza. Que mes a mes se vean reducidos los índices de desocupación y subocupación, la disminución de la mortalidad infantil (excepto en la ciudad de Buenos Aires), y la baja en los niveles de pobreza e indigencia, aún deben ser festejados con cierta vergüenza, porque los pibes se siguen muriendo, siguen siendo víctimas del delito, del abuso, de las drogas y de un mundo que les niega oportunidades. Y los recursos para evitarlo existen.
Tampoco se puede siquiera esbozar una sonrisa mientras no haya justicia. Es cierto que quienes cometieron crímenes de lesa humanidad y sus ideólogos están siendo juzgados, pero la sociedad no puede descansar tranquila por las noches mientras no se encuentren los culpables de los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel; ni a los responsables de la explosión a la fábrica militar de Río Tercero; ni a los asesinos intelectuales de Kosteki y Santillán, de las víctimas de 2001, del maestro Fuentealba, de los chicos de Bariloche o de tantas víctimas de los movimientos sociales; ni a quienes mataron aún más personas con sus negociados ilícitos con fondos públicos.
¿Y Malvinas? ¿Y los que murieron en Malvinas? ¿Y los que no se murieron allí, pero a veces hubieran deseado haberlo hecho ante tanta indiferencia? ¿Y los salarios de los trabajadores? ¿Y la redistribución más justa de la riqueza? ¿Y ese IVA ya casi aberrante que pagan pobres y ricos por igual? ¿Y la corrupción a nivel político, sindical, asociativo y empresarial? ¿Y las desigualdades en materia de salud, educación, acceso a la vivienda, acceso a los bienes culturales y a la tecnología?
Bienvenidos sean todos los logros en este largo camino de la deuda interna, pero es importante saber dónde está parada esta sociedad, para poder saber también hacia dónde ir.

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