Escritos Colaterales

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Location: Haedo, Buenos Aires, Argentina

Saturday, July 31, 2010

Una nota de color

Después de varias semanas de dedicar esta sección a temas políticos, se le ha planteado a este reportero el desafío de escribir algunas líneas coloridas acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo, sin entrar en la chabacanería, ni en el chiste fácil, ni en los lugares comunes. Después de varios días de analizar esta cuestión, de dialogar con personas idóneas y con taxistas, de mirar horas de televisión, de leer diarios y revistas, de rastrear en Internet portales de noticias y blogs, es necesario confesarlo: es literalmente imposible.
El debate social que se generó en torno a esta cuestión relacionada directamente a los derechos humanos fue y es realmente profundo. Más allá de las bestialidades que se han proferido de uno u otro bando, la sociedad se ha movilizado y cualquier manifestación jocosa al respecto resultaría insultante.
Y eso mismo es lo que ha hecho la gran mayoría de los medios de comunicación (distribuidos en dos o tres manos): han insultado la identidad sexual de las personas, se burlaron insidiosamente de su salud mental, cuestionaron su honradez, las criminalizaron y jugaron con el concepto de amor entre dos seres humanos, revolcándose en las imágenes perversas que sus mentes tienen acerca de la sexualidad.
Todos los chistes sobre homosexuales, sean hombres o mujeres, ya fueron hechos.
Pero el problema (claramente lo es) no radica esencialmente en lo que los medios de comunicación puedan comunicar o no, sino en el seno mismo de esta sociedad que lleva aún la xenofobia a flor de piel, que en el día a día hace mofa de las elecciones sexuales, de las tradiciones culturales y religiosas, de las convicciones políticas, de las capacidades diferentes y de cualquier otra cosa que rompa su mediocre y presunta naturalidad. Y esto incluye tanto a los que se burlan de un homosexual como a los tantos energúmenos que esconden su xenofobia religiosa anticatólica detrás de supuestos discursos progresistas.
Aunque nos duela admitirlo, los medios de comunicación no son sino un amplificador de la intolerancia masificada y arraigada en los corazones. Aunque no sean mayoría los que se atrevan a exponer claramente su xenofobia en los medios, en los ámbitos privados, en las esquinas, los comercios, los taxis, las reuniones de amigos o de trabajo, detrás del más sensato y tolerante de los discursos sigue un guiño cómplice, una sonrisa pícara y el chiste vulgar que enmascara nuestra discriminación congénita y cultural.
El matrimonio entre personas del mismo sexo (porque no es ni “matrimonio gay”, como dicen sus opositores, “ni matrimonio igualitario”, como piden quienes están a favor) ya es Ley. Ahora vendrán algunos chistes más en cuanto lleguen las primeras bodas, la homofobia se extenderá hasta que regresen de sus lunas de miel y se irá recluyendo lentamente hasta quedar latente hasta la próxima oportunidad, cualquiera sea el blanco de esa xenofobia. ¿Quiénes serán las próximas víctimas de nuestra intolerancia? Tal vez, algún día, las víctimas seamos nosotros mismos.

Artículo publicado en Rèport del 26 de julio de 2010.

La deuda interna

Hasta el más optimista, hasta el más kirchnerista de los kirchneristas, hasta los de “6, 7, 8”, incluso hasta Diego Torres, que se fue transformando en el cantor de la esperanza y los pedos de colores, sabe con certeza que las deudas internas en este país son exorbitantes y que no hay canje que valga. Aquí no hay quitas, ni intercambio de bonos, ni negociación válida.
Lo interesante es que la sociedad argentina pueda hablar de esto justamente hoy que se han conseguido saldar algunas de esas inmensas deudas: el matrimonio entre personas del mismo sexo; la asignación universal por hijo exenta de intermediarios políticos; la estatización de los haberes jubilatorios y el ingreso al sistema previsional de personas que no han podido hacer aportes porque estuvieron fuera del sistema laboral; y la ley de medios audiovisuales, entre algunas otras.
Todos estos logros de la sociedad civil organizada todavía son nada en comparación con lo que aún resta. ¿Son reclamos saldados? En gran parte sí. ¿Son motivo de festejo? Sin duda. Pero todos ellos son apenas los primeros escalones sólidos para alcanzar objetivos aún más complejos.
El principal de ellos, que nunca debe ser olvidado, es la eliminación de la pobreza. Que mes a mes se vean reducidos los índices de desocupación y subocupación, la disminución de la mortalidad infantil (excepto en la ciudad de Buenos Aires), y la baja en los niveles de pobreza e indigencia, aún deben ser festejados con cierta vergüenza, porque los pibes se siguen muriendo, siguen siendo víctimas del delito, del abuso, de las drogas y de un mundo que les niega oportunidades. Y los recursos para evitarlo existen.
Tampoco se puede siquiera esbozar una sonrisa mientras no haya justicia. Es cierto que quienes cometieron crímenes de lesa humanidad y sus ideólogos están siendo juzgados, pero la sociedad no puede descansar tranquila por las noches mientras no se encuentren los culpables de los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel; ni a los responsables de la explosión a la fábrica militar de Río Tercero; ni a los asesinos intelectuales de Kosteki y Santillán, de las víctimas de 2001, del maestro Fuentealba, de los chicos de Bariloche o de tantas víctimas de los movimientos sociales; ni a quienes mataron aún más personas con sus negociados ilícitos con fondos públicos.
¿Y Malvinas? ¿Y los que murieron en Malvinas? ¿Y los que no se murieron allí, pero a veces hubieran deseado haberlo hecho ante tanta indiferencia? ¿Y los salarios de los trabajadores? ¿Y la redistribución más justa de la riqueza? ¿Y ese IVA ya casi aberrante que pagan pobres y ricos por igual? ¿Y la corrupción a nivel político, sindical, asociativo y empresarial? ¿Y las desigualdades en materia de salud, educación, acceso a la vivienda, acceso a los bienes culturales y a la tecnología?
Bienvenidos sean todos los logros en este largo camino de la deuda interna, pero es importante saber dónde está parada esta sociedad, para poder saber también hacia dónde ir.

Dos modelos

Los matutinos porteños y los canales de noticias, especialmente los pertenecientes a los grandes monopolios, siempre hablan bien del Brasil de Lula. Les encanta el tipo. Más que nada, porque no vive ni gobierna en la Argentina. Casi les erotiza que se reúna con empresarios, hable de rentabilidad, que se muestre ante la comunidad internacional como un líder que representa a un mundo no alineado con el imperio, que recorra las zonas marginales y que aplique políticas de redistribución de los recursos sociales. Gracias a todo esto, el hombre ha logrado librarse de aquel feo mote que le habían puesto. “Sindicalista”, le decían. Pero ya no; no tiene por qué cargar con ese horrendo pasado y, además, “quién no tiene un muerto en el placard”, sostienen.
Pero además, Lula tiene números para exhibir, además de las pruebas incontrastables de la solvencia de las empresas estatales. El tema, es que a diferencia de mandatarios anteriores, se enfocó en el desarrollo industrial, especialmente en las llamadas industrias duras, innovación tecnológica, turismo y servicios, a la vez que buscó “blanquear” a sectores sumamente informales como el agropecuario o el de la construcción.
Y como si fuera poco, ha logrado mantenerse en armonía con la región. Participó de la creación de Unasur, maximizó las relaciones comerciales con países como Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia, Ecuador y Venezuela, entre otros.
Lamentablemente, le queda muy poco tiempo de mandato.
Nada que ver con nuestra presidenta. ¡Cuánto que tiene que aprender de Lula! Por algo a los medios no les gusta. Y razones no les faltan. El hecho de que Cristina Fernández de Kirchner, también conocida como Cristina o simplemente como CFK, se reúna con empresarios les revuelve el estómago casi tanto como que hable de rentabilidad o que se muestre ante el mundo encabezando un grupo de países aislados por no seguir el ritmo del resto del planeta. Y eso para no hablar de sus políticas demagógicas y populistas a las que llama “redistribución”. No puede evitarlo, porque su pasado de “montonera” la condena y, como se sabe, nadie puede librarse de su pasado. Uno es lo que es, ¿no?
Esta mandataria de tendencia claramente estatista, lo único que hace es exhibir números que se basan únicamente en su extraño enfoque económico basado en el desarrollo industrial, especialmente en las industrias duras, la innovación, el turismo y los servicios, dejando de lado al capital financiero que tantos buenos resultados le ha dado al país. En ese mismo sentido, también parece incomprensible la injerencia del Gobierno en el Campo y la construcción, verdaderos constructores de la historia del país, que fueron y son sometidos a una gran presión fiscal.
Pero lo peor de todo quizá sea el aislamiento que ha sufrido la Argentina al enfrentarse al mundo civilizado, apostando a las relaciones carnales y corruptas con el tercer mundo. En contra de toda lógica, Cristina participó de la creación de ese invento titulado “Unasur” y se dedicó a ligarse de manera poco conveniente con Brasil, Chile, Uruguay y otros estados dictatoriales como Bolivia, Ecuador y Venezuela. Por suerte, ya le queda poco tiempo en el poder.
Y bue..., evidentemente, se trata de dos modelos diferentes.