Una nota de color
Después de varias semanas de dedicar esta sección a temas políticos, se le ha planteado a este reportero el desafío de escribir algunas líneas coloridas acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo, sin entrar en la chabacanería, ni en el chiste fácil, ni en los lugares comunes. Después de varios días de analizar esta cuestión, de dialogar con personas idóneas y con taxistas, de mirar horas de televisión, de leer diarios y revistas, de rastrear en Internet portales de noticias y blogs, es necesario confesarlo: es literalmente imposible.
El debate social que se generó en torno a esta cuestión relacionada directamente a los derechos humanos fue y es realmente profundo. Más allá de las bestialidades que se han proferido de uno u otro bando, la sociedad se ha movilizado y cualquier manifestación jocosa al respecto resultaría insultante.
Y eso mismo es lo que ha hecho la gran mayoría de los medios de comunicación (distribuidos en dos o tres manos): han insultado la identidad sexual de las personas, se burlaron insidiosamente de su salud mental, cuestionaron su honradez, las criminalizaron y jugaron con el concepto de amor entre dos seres humanos, revolcándose en las imágenes perversas que sus mentes tienen acerca de la sexualidad.
Todos los chistes sobre homosexuales, sean hombres o mujeres, ya fueron hechos.
Pero el problema (claramente lo es) no radica esencialmente en lo que los medios de comunicación puedan comunicar o no, sino en el seno mismo de esta sociedad que lleva aún la xenofobia a flor de piel, que en el día a día hace mofa de las elecciones sexuales, de las tradiciones culturales y religiosas, de las convicciones políticas, de las capacidades diferentes y de cualquier otra cosa que rompa su mediocre y presunta naturalidad. Y esto incluye tanto a los que se burlan de un homosexual como a los tantos energúmenos que esconden su xenofobia religiosa anticatólica detrás de supuestos discursos progresistas.
Aunque nos duela admitirlo, los medios de comunicación no son sino un amplificador de la intolerancia masificada y arraigada en los corazones. Aunque no sean mayoría los que se atrevan a exponer claramente su xenofobia en los medios, en los ámbitos privados, en las esquinas, los comercios, los taxis, las reuniones de amigos o de trabajo, detrás del más sensato y tolerante de los discursos sigue un guiño cómplice, una sonrisa pícara y el chiste vulgar que enmascara nuestra discriminación congénita y cultural.
El matrimonio entre personas del mismo sexo (porque no es ni “matrimonio gay”, como dicen sus opositores, “ni matrimonio igualitario”, como piden quienes están a favor) ya es Ley. Ahora vendrán algunos chistes más en cuanto lleguen las primeras bodas, la homofobia se extenderá hasta que regresen de sus lunas de miel y se irá recluyendo lentamente hasta quedar latente hasta la próxima oportunidad, cualquiera sea el blanco de esa xenofobia. ¿Quiénes serán las próximas víctimas de nuestra intolerancia? Tal vez, algún día, las víctimas seamos nosotros mismos.
Artículo publicado en Rèport del 26 de julio de 2010.
El debate social que se generó en torno a esta cuestión relacionada directamente a los derechos humanos fue y es realmente profundo. Más allá de las bestialidades que se han proferido de uno u otro bando, la sociedad se ha movilizado y cualquier manifestación jocosa al respecto resultaría insultante.
Y eso mismo es lo que ha hecho la gran mayoría de los medios de comunicación (distribuidos en dos o tres manos): han insultado la identidad sexual de las personas, se burlaron insidiosamente de su salud mental, cuestionaron su honradez, las criminalizaron y jugaron con el concepto de amor entre dos seres humanos, revolcándose en las imágenes perversas que sus mentes tienen acerca de la sexualidad.
Todos los chistes sobre homosexuales, sean hombres o mujeres, ya fueron hechos.
Pero el problema (claramente lo es) no radica esencialmente en lo que los medios de comunicación puedan comunicar o no, sino en el seno mismo de esta sociedad que lleva aún la xenofobia a flor de piel, que en el día a día hace mofa de las elecciones sexuales, de las tradiciones culturales y religiosas, de las convicciones políticas, de las capacidades diferentes y de cualquier otra cosa que rompa su mediocre y presunta naturalidad. Y esto incluye tanto a los que se burlan de un homosexual como a los tantos energúmenos que esconden su xenofobia religiosa anticatólica detrás de supuestos discursos progresistas.
Aunque nos duela admitirlo, los medios de comunicación no son sino un amplificador de la intolerancia masificada y arraigada en los corazones. Aunque no sean mayoría los que se atrevan a exponer claramente su xenofobia en los medios, en los ámbitos privados, en las esquinas, los comercios, los taxis, las reuniones de amigos o de trabajo, detrás del más sensato y tolerante de los discursos sigue un guiño cómplice, una sonrisa pícara y el chiste vulgar que enmascara nuestra discriminación congénita y cultural.
El matrimonio entre personas del mismo sexo (porque no es ni “matrimonio gay”, como dicen sus opositores, “ni matrimonio igualitario”, como piden quienes están a favor) ya es Ley. Ahora vendrán algunos chistes más en cuanto lleguen las primeras bodas, la homofobia se extenderá hasta que regresen de sus lunas de miel y se irá recluyendo lentamente hasta quedar latente hasta la próxima oportunidad, cualquiera sea el blanco de esa xenofobia. ¿Quiénes serán las próximas víctimas de nuestra intolerancia? Tal vez, algún día, las víctimas seamos nosotros mismos.
Artículo publicado en Rèport del 26 de julio de 2010.
