Los números del dolor
A veces los seres humanos sentimos la necesidad de darle algún tipo de utilidad a la muerte. En medio del dolor y de la irracionalidad, una pequeña hebra de electricidad recorre nuestro limitado cerebro humano y nos dice: “Por lo menos que la muerte no haya sido en vano”. La muerte de Candela (todos saben a quién nos referimos, porque hemos tenido una sobredosis de información sobre el caso de la pequeña asesinada), como la muerte de cualquier otro chico, no tiene ninguna utilidad. Simplemente no la tiene, por más que se busque.
Sin embargo, tal vez este sea un buen momento para hablar de chicos desaparecidos. Evidentemente, si a cada uno de ellos le ponemos un rosto, el dolor no nos dejará pensar con claridad. Hagamos entonces el ejercicio (es solo un ejercicio) de pensarlos en números.
La organización Missing Childrens señaló que desde el año 2000 hasta junio de 2011 se registró la desaparición de 6.456 niños en el país. Sí, leyó bien. Hasta la fecha continúan perdidos 187 niños y se encontraron 5.894, de los cuales, fallecieron 77 y están con vida 5.817.
En su elaborado informe, la entidad también tiene cifras acerca de los motivos de esas 6.456 desapariciones. Según el detalle, el 28% se van de la casa por motivos familiares, un sorprendente 39% por crisis de identidad, un 7% por discapacidad mental, otro 7% corresponde a chicos perdidos y un 19%, por sustracción. Dentro de este último grupo, se detectó que en 1.087 casos el raptor es la madre o el padre, mientras que 37 casos fue otro familiar y en 123 oportunidades fue alguien ajeno a la familia.
Del total de desapariciones, el 62% son niñas y el 58% tiene entre 13 y 16 años de edad. Y un dato más que interesante: el 67% de todos esos casos se registra en la provincia de Buenos Aires.
Ahora hagamos otro ejercicio: repase todos estos números, estimado lector, y después jure que todo esto no está directamente relacionado con la crisis de las familias en la sociedad argentina. Más allá de las trágicas sustracciones que nos conmocionan en los noticieros, los diarios, en las charlas de taxi, en el club, el trabajo o los portales de Internet, la realidad indica que muchos de nuestros chicos se encuentran en una situación de riesgo a causa de la crisis de la familia como primera institución de contención.
Sin dudas, la cultura del trabajo, la educación, la justicia social, la certeza de que existe justicia civil y penal, la seguridad, el acceso a los servicios y bienes básicos, el acceso al consumo superfluo, acceso a la vivienda, la posibilidad de viajar, el transporte digno, políticos ejemplares y una sociedad consciente de su potencial, podrían ayudar a recuperar la familia, la organización básica de cualquier sistema democrático. Este es un camino que no tiene fin, pero es preciso emprender de una buena vez.

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