Escritos Colaterales

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Location: Haedo, Buenos Aires, Argentina

Friday, June 25, 2010

Las joyas de la abuela

Algunas mañanas de invierno tienen algo de melancolía cuando se camina por las calles de empedrado. En el centro ya no hay, por supuesto, pero más al sur sí y cuando las últimas nieblas de otoño aparecen de a ratos, la roca lisa y brillante refleja esa luz que surge de la mezcla del primer albor y del naranja de los neofaroles que ahora llamamos simplemente “postes de luz”.
Y, sí, la mañana pedía un tanguito (cuanto más melancólico, mejor). Por suerte había muchos en el mp3, desde Charlo y Gardel hasta Rubén Juárez y Ariel Ardit. Adentro había de todo y todo ese 'de todo' comenzó a sonar aleatoriamente mientras el sol empezaba a blanquear la cal de los paredones de las fábricas.
La mirada, que se caía por la ventana, mitad por el sueño, mitad por los recuerdos, suele distraer el oído, algo frecuente para quien viaja escuchando música o la radio: uno se tapa los oídos para escaparse unos minutos de la realidad y esa misma realidad se lleva cautiva la mirada. Así fue que el comienzo del tango “Antiguo reloj de cobre” pasó completamente desapercibido. “¿Qué hace Pugliese acá?”. La cabeza buscaba vestigios del momento en que el santo de la buena suerte se coló en el reproductor, pero nada.
Ahí estaba Miguel Montero cantando “cuatro pesos sucios/por esa reliquia,/venganza del mundo/taimado y traidor”. Claro: el tipo había vendido el reloj que le había dejado su viejo (que en paz descanse), pese a que era una reliquia con un gran valor sentimental, porque él mismo había jugado con él de chiquito, ante la mirada cariñosa, pero también temerosa, del padre, porque un reloj (y más uno de cobre) era algo muy caro en ese entonces. Pero él ya tenía canas y esa joya valía solo “cuatro pesos sucios”, lo justo para comer él y su pobre viejita. Un verdadero melodrama que podría haber formado parte de una obra teatral del post-sainete (o grotesco criollo), desde Armando Discépolo a Roberto Cossa.
En fin. Llegar a la redacción para un cierre de edición implica dejar de lado estas cuestiones para pensar esta sección, en la que lo que hay que contar otro tipo de historias un poco más reales. “Esas cosas suceden en los tangos o, de última, en ese complicado mundo de 1930”, piensa uno.
Sin siquiera tiempo para imaginarlo, Internet y sus portales de noticias (que eliminan toda chance de melancolía y dejan sin aire los bandoneones) estaban cantando un mismo tango: “Grecia vende sus islas para salvarse de la crisis”. Bueno, no hay muchos tangos escritos sobre Grecia, pero este parecía uno de esos. Mire: el muchacho que se vuelve un atorrante y se da dique de dandy mientras la viejita se rompe el lomo y las manos lavando ropa; la mina que creyó todas las mentiras del chanta que la engrupió y la dejó ya envejecida, en Pampa y la vía; y el muchacho del reloj de cobre, que vendió la última joya familiar. Este argumento en nada se diferencia a la crisis griega en la que un pequeño grupo de buitres financieros robustecieron sus bolsillos y mostraban su éxitos ante el mundo, a costa de la espalda de los millones de trabajadores que creyeron las mentiras de los gobernantes cómplices de esos atorrantes que se quedaban con los beneficios del neoliberalismo, hasta que llegó el momento del epicentro de la crisis, el desempleo, la desesperación, la bronca, el castigo a la bronca, la cana y, finalmente, el ajuste estremecedor. Hoy, se anunció la puesta en venta o alquiler de Mikonos, Rodas y Nafsika, entre otras joyas no griegas, sino de toda la humanidad.
Solo una cosa más: en los tangos, tras la desgracia suele sobrevenir la redención y el perdón. ¿Qué ocurrirá en Grecia segundos antes del último “chan-chán?