La esperanza es lo último que se perdió
Desde un paredón porteño de 1993, un grafitti llamaba la atención de los vecinos del barrio. “La esperanza es lo último que se perdió” sonaba como un jeroglífico indescifrable en tiempos de bonanza, globalización del mundo y dólares a un peso. “¿Cómo se va a perder la esperanza?”, preguntaba Pérez, el hombre de camiseta que se sentaba en la puerta todas las tardes con su radio roja. Seguramente parecerá ausente, pero tal vez estará agazapada en un rincón al fondo de la caja de Pandora.
La ineficacia estatal, la apatía del vecindario o tal vez el destino lograron que esa pared se mantenga intacta, tal vez con alguna letra desgastada y algún que otro manchón de grasa de los camiones que se estacionan ahí por las tardes. Lo que sí cambió es el significado de esas crípticas palabras. A la luz de la historia, del paso arrebatador del tiempo y de la ausencia del viejo Pérez para mirar el paredón, la sensación ya es otra.
Frente al muro de 2010, no quedan dudas de que la esperanza se ha esfumado de la caja y de los corazones de la gente. Se palpita en las calles, se escucha en los colectivos, en los subtes, en los bares, en las caras de los trabajadores, de los empresarios, se intuye en las caras de los niños en las escuelas rurales o urbanas y tal vez se sospeche en nuestros propios rostros frente al espejo. Esto no solo sucede en Argentina.
La crisis financiera global abatió como un tsunami ese sentimiento de que algo pasará que cambiará al mundo para bien. Los superhéroes murieron en el intento y ni Super Obama, ni Bati Chávez, depositarios de al menos algunas expectativas, lograron transformarse en salvadores de nada. Las revoluciones han pasado de moda.
Pero más allá de este desalentador panorama (desalentador quiere decir que saca el aliento), el mito de Pandora asegura que en esa caja se encontraban todos los males y que solo había quedado la esperanza. Muchos estudiosos de la antigüedad clásica se han preguntado: “¿Es que la esperanza era entonces uno de los males?”. Algunos filósofos como Friedrich Nietzsche creían que sí y aseguraban que la eliminación de la esperanza da al hombre la posibilidad más concreta de progresar. Si no hay nada que perder, ni nada que esperar, lo único que queda es vivir.
¿Será la pérdida de las esperanzas una puerta de salida para las sociedades del siglo XXI? ¿Podría ser que una real política del descreimiento sirva de puntapié inicial para la recuperación de la autoestima, más allá de los bolsillos? ¿No podríamos ser más felices si la única verdad fuera la realidad, en un mundo en el que una promesa no sirva de nada si no es demostrada inmediatamente?
Ese paredón gris engrasado, necesita una buena mano de pintura blanca.
La ineficacia estatal, la apatía del vecindario o tal vez el destino lograron que esa pared se mantenga intacta, tal vez con alguna letra desgastada y algún que otro manchón de grasa de los camiones que se estacionan ahí por las tardes. Lo que sí cambió es el significado de esas crípticas palabras. A la luz de la historia, del paso arrebatador del tiempo y de la ausencia del viejo Pérez para mirar el paredón, la sensación ya es otra.
Frente al muro de 2010, no quedan dudas de que la esperanza se ha esfumado de la caja y de los corazones de la gente. Se palpita en las calles, se escucha en los colectivos, en los subtes, en los bares, en las caras de los trabajadores, de los empresarios, se intuye en las caras de los niños en las escuelas rurales o urbanas y tal vez se sospeche en nuestros propios rostros frente al espejo. Esto no solo sucede en Argentina.
La crisis financiera global abatió como un tsunami ese sentimiento de que algo pasará que cambiará al mundo para bien. Los superhéroes murieron en el intento y ni Super Obama, ni Bati Chávez, depositarios de al menos algunas expectativas, lograron transformarse en salvadores de nada. Las revoluciones han pasado de moda.
Pero más allá de este desalentador panorama (desalentador quiere decir que saca el aliento), el mito de Pandora asegura que en esa caja se encontraban todos los males y que solo había quedado la esperanza. Muchos estudiosos de la antigüedad clásica se han preguntado: “¿Es que la esperanza era entonces uno de los males?”. Algunos filósofos como Friedrich Nietzsche creían que sí y aseguraban que la eliminación de la esperanza da al hombre la posibilidad más concreta de progresar. Si no hay nada que perder, ni nada que esperar, lo único que queda es vivir.
¿Será la pérdida de las esperanzas una puerta de salida para las sociedades del siglo XXI? ¿Podría ser que una real política del descreimiento sirva de puntapié inicial para la recuperación de la autoestima, más allá de los bolsillos? ¿No podríamos ser más felices si la única verdad fuera la realidad, en un mundo en el que una promesa no sirva de nada si no es demostrada inmediatamente?
Ese paredón gris engrasado, necesita una buena mano de pintura blanca.
