Dios y otros temas
La semana pasada, Stephen Hawking, el reconocido físico que ganó su fama y su mérito por sus trabajos sobre los agujeros negros, lanzó su primera gran obra tras diez años y reavivó una ancestral polémica que ha costado siglos de guerras a la humanidad. En “The Grand Design” (“El gran diseño”), el premiado científico aseguró: “En vista de que hay una ley como la de la gravedad, el universo puede crearse y se creará a partir de la nada. La creación espontánea es la razón por la que hay algo en lugar de nada, por la que existe el universo, por la que nosotros existimos”. Según estas palabras, Hawking sostiene que el universo podría haber sido creado sin la intervención de Dios.
Lo fascinante de la polémica, es que esta mente brillante, no sólo se atreve hoy a debatir esta idea con la comunidad científica y la sociedad, sino también consigo mismo, ya que en su “Breve historia del tiempo”, él parecía admitir la existencia de una deidad creadora, explicando que el conocimiento humano podría permitir “conocer la mente de Dios”. En 2010, el erudito se refuta a sí mismo y asevera que el universo puede ser explicado mediante fórmulas complejas.
A Hawking, este trabajo le llevó unos diez años de estudio e incluye muchos de los descubrimientos que se han hecho sobre el cosmos en todo ese período.
La red 2.0 deja en evidencia lo fácil que es discutir absolutamente cualquier tema con la liviandad más absurda y con esa clase de insolencia que solo da la soberbia del que cree conocerlo todo. Hawking, una mente como pocas en el mundo, que admitió que hasta él mismo podía refutarse, puede ser discutido, minimizado e inclusive insultado por cualquier taxista, con el debido respeto que seguramente merezcan los taxistas.
Ni bien se difundió el trabajo, la red 2.0 multiplicó al infinito los comentarios a favor o en contra de la existencia de Dios, como si se tratara de un referendo en el que la mayoría o el que insulta con letras más grandes consiguiera ser dueño de la verdad.
Esto ya no es sorpresa. No nos volveremos conservadores en 2010, ya entrado el siglo XXI. Nadie se asombra ya de este fenómeno denunciado por Enrique Santos Discépolo en “Cambalache”, a mediados del siglo XX, y por Voltaire, en el XVIII (y por tantos otros). Todos sabemos que ya todo es igual.
¿Pero qué pasa cuando los que no saben son los que tienen que saber? Uno entiende que un taxista (perdón por la insistencia con el rubro) pueda no haber leído la obra de Hawking, que no conozca los trabajos de Newton y que no entienda la teoría de la relatividad (incluyendo la posibilidad de “doblar el universo”, que sería maleable). ¿Qué ocurriría si, por ejemplo, un legislador votara leyes que no leyó e inclusive las defendiera encendidamente? ¿Y si un arquitecto construye edificios sin entender los procedimientos básicos de la edificación urbana? ¿Y si un policía no entendiera qué es lo que la Ley le permite? La impericia se ha hecho carne en nuestra sociedad, al punto tal que desarrollamos un culto a la improvisación. Y otro culto, aún más grande, a la soberbia.
Lo fascinante de la polémica, es que esta mente brillante, no sólo se atreve hoy a debatir esta idea con la comunidad científica y la sociedad, sino también consigo mismo, ya que en su “Breve historia del tiempo”, él parecía admitir la existencia de una deidad creadora, explicando que el conocimiento humano podría permitir “conocer la mente de Dios”. En 2010, el erudito se refuta a sí mismo y asevera que el universo puede ser explicado mediante fórmulas complejas.
A Hawking, este trabajo le llevó unos diez años de estudio e incluye muchos de los descubrimientos que se han hecho sobre el cosmos en todo ese período.
La red 2.0 deja en evidencia lo fácil que es discutir absolutamente cualquier tema con la liviandad más absurda y con esa clase de insolencia que solo da la soberbia del que cree conocerlo todo. Hawking, una mente como pocas en el mundo, que admitió que hasta él mismo podía refutarse, puede ser discutido, minimizado e inclusive insultado por cualquier taxista, con el debido respeto que seguramente merezcan los taxistas.
Ni bien se difundió el trabajo, la red 2.0 multiplicó al infinito los comentarios a favor o en contra de la existencia de Dios, como si se tratara de un referendo en el que la mayoría o el que insulta con letras más grandes consiguiera ser dueño de la verdad.
Esto ya no es sorpresa. No nos volveremos conservadores en 2010, ya entrado el siglo XXI. Nadie se asombra ya de este fenómeno denunciado por Enrique Santos Discépolo en “Cambalache”, a mediados del siglo XX, y por Voltaire, en el XVIII (y por tantos otros). Todos sabemos que ya todo es igual.
¿Pero qué pasa cuando los que no saben son los que tienen que saber? Uno entiende que un taxista (perdón por la insistencia con el rubro) pueda no haber leído la obra de Hawking, que no conozca los trabajos de Newton y que no entienda la teoría de la relatividad (incluyendo la posibilidad de “doblar el universo”, que sería maleable). ¿Qué ocurriría si, por ejemplo, un legislador votara leyes que no leyó e inclusive las defendiera encendidamente? ¿Y si un arquitecto construye edificios sin entender los procedimientos básicos de la edificación urbana? ¿Y si un policía no entendiera qué es lo que la Ley le permite? La impericia se ha hecho carne en nuestra sociedad, al punto tal que desarrollamos un culto a la improvisación. Y otro culto, aún más grande, a la soberbia.
